La noche había sido anunciada como un evento de gran nivel cultural. Invitaciones exclusivas, un repertorio selecto y un artista de trayectoria internacional como protagonista. Pero lo que debía ser una gala de elegancia y alta cultura terminó con un resultado muy distinto: el más reciente concierto de Omar Harfouch dejó butacas vacías, opiniones encontradas y un debate abierto sobre la comunicación y ejecución del espectáculo.
Según asistentes y miembros de la organización, el aforo alcanzó apenas un 10% de su capacidad, una cifra que contrastó con la expectativa generada durante los días previos. El recinto, preparado para una gran convocatoria, lucía visiblemente desangelado. Las fotografías que circularon en redes sociales mostraban una sala semivacía, lo que rápidamente llamó la atención del público y los medios.
Más allá de la baja asistencia, la sorpresa mayor se dio sobre el escenario. En lugar de una producción amplia o un acompañamiento orquestal, Harfouch apostó por un formato minimalista, acompañado solo por tres músicos y un piano. La propuesta, que pudo leerse como una búsqueda de sobriedad y enfoque musical, no fue bien recibida por todos. Quienes esperaban un despliegue escénico más ambicioso no dudaron en señalar la distancia entre la promoción y la realidad.
Especialistas del ámbito cultural consideran que este tipo de contrastes evidencian un fenómeno recurrente en el sector: la importancia de equilibrar la narrativa promocional con la experiencia real del público. “Hoy el espectador busca coherencia y conexión emocional, más que promesas grandilocuentes”, comentan analistas consultados.
Pese a la controversia, el episodio deja abierta la posibilidad de reflexión. En la industria del espectáculo, los tropiezos pueden convertirse en puntos de inflexión. Queda ver si este será el caso para Harfouch, quien podría replantear estrategias y formatos en sus próximas presentaciones.

