Todos saben que miente y nadie se lo dice: el pacto silencioso que mantiene vivo al mitómano

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El tramposo del as de diamantes, de Georges de La Tour, imagen sobre la mitomanía
El tramposo del as de diamantes (c. 1635), de Georges de La Tour. Museo del Louvre. Imagen: Wikimedia Commons, dominio público

Seguro tienes a alguien así en la familia, en la oficina o en el grupo de WhatsApp: cuenta una historia increíble, después otra más grande, y aunque ya nadie se traga ninguna, todos asienten y la conversación sigue como si nada. A eso, el psiquiatra brasileño Antonio Egídio Nardi le dedicó un artículo en The Conversation, publicado el 30 de septiembre, sobre la mitomanía y sobre lo que les pasa a quienes conviven con un mentiroso patológico.

Nardi sabe de lo que habla. Preside la Academia Nacional de Medicina de Brasil y es profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Y arranca por lo obvio: mentir lo hacemos todos (para cuidar la intimidad, esquivar una pelea o quedar mejor). El mitómano es otra cosa. Su manera de relacionarse con los demás pasa por inventar, de forma persistente, desproporcionada y a veces casi compulsiva.

En los libros de psiquiatría el cuadro se llama pseudología fantástica y lleva más de un siglo descrito, aunque hasta hoy no tiene diagnóstico propio en los grandes sistemas de clasificación. Según Nardi, los estudios recientes muestran que causa suficiente sufrimiento y suficientes problemas en el trabajo y en la vida social como para tomarlo en serio como fenómeno aparte.

Lo curioso es que las historias del mitómano casi nunca son imposibles. Suelen partir de algo que sí pasó y, versión tras versión, se van inflando hasta dejarlo como víctima de una desgracia extraordinaria, héroe de una hazaña poco creíble o centro de algún drama. Y hay una diferencia clave con el delirio: si le pones delante una prueba que no admite discusión, el mitómano reconoce que eso no ocurrió.

Tampoco hay un molde único. Una revisión sistemática reciente que cita el psiquiatra encontró que se repiten las ganas de sentirse valorado y de llamar la atención, junto con distintos trastornos psiquiátricos de fondo. Por eso Nardi advierte que no se le puede colgar a todo mentiroso patológico el mismo trastorno de personalidad.

Ahora viene lo jugoso. Al principio, cuenta Nardi, familiares, amigos, colegas y hasta electores se creen las historias (sí, escribió electores). Con el tiempo llegan las contradicciones y los datos que no cuadran, y la gente cambia la pregunta: deja de pensar si algo es cierto y lo recibe como «la versión que está contando». El psiquiatra lo llama adaptación relacional a la mentira, y lo resume así: «Algunas historias dejan de ser confrontadas, no porque se consideren verdaderas, sino porque desmentirlas continuamente tendría un alto costo emocional».

El propio Nardi aclara que esto es una hipótesis clínica razonable, todavía sin estudios controlados que la demuestren. Pero la escena la reconoce cualquiera, porque la mentira sigue viva aunque ya no engañe a casi nadie. La literatura médica incluso describe casos de pseudología compartida, en los que el cuento deja de ser de una sola persona y pasa a ser del grupo.

Para tratarlo, las revisiones recientes recomiendan algo que va contra el instinto de desenmascararlo en público: construir un vínculo, escuchar con apoyo y atender los otros trastornos que lo acompañan, sin convertir cada consulta en «un tribunal». Para Nardi, entender por qué la historia necesita seguir puede pesar más en la consulta que probar que es falsa.

En El Farandi ya hemos visto a famosos hablar sin filtro de su salud mental, como Lele Pons y su lucha con el TOC, y al teatro meterse en el tema con Tropiveneka. Si después de leer esto te vino a la mente un nombre, la próxima vez que te cuente su última hazaña ya sabes qué parte del pacto te toca.


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